Era la última semana de Julio, siempre la misma semana. El Tour de Francia ha terminado, los recuerdos de la infancia y las ilusiones de toda una vida pedaleando se multiplican, acelerando el pulso y reviviendo las quimeras de las primeras pedaladas en las que de niño se empezaba a forjar, siempre con la misma sonrisa en la cara.

Como casi siempre le solía pasar, todos los días de esa semana, mientras no estaba en la bici, pensaba solo en la bici. Cuando por fin era la hora, su hora de pedalear, la vida cobraba otra vez sentido, las endorfinas circulaban y las ganas de volar sobre las ruedas hasta el infinito desplazaban la monotonía de lo rutinario.

Cuando se creyó preparado, eligió día y hora, y se dispuso a afrontar un puerto, una subida, para otros fácil, pero que para él consistiría su mayor desafio, la culminación épica de esa semana sobre los pedales. Nada más subirse a la bicicleta escuchó los primeros truenos, rayos y centellas, al parecer el destino tenía preparados otros planes para él. Haciendo caso omiso, y con la misma sonrisa en la cara, continuó su camino hacia el reto de ese día, la carretera empezaba a enfilar el cielo y las nubes negras a cubrirlo como un manto, pero en su interior seguía brillando con fuerza el sol de las ilusiones y los sueños.


Los kilómetros pasaron, y las primeras rampas del puerto aparecieron majestuosas, él sabía que sería doloroso y que solo con sufrimiento podría llegar hasta arriba, lo sabía por que había pasado muchas veces por lo mismo, pero aquello solo le daba fuerzas para seguir pedaleando. Las primeras gotas le empezaron a acompañar, primero finas, después gruesas, como la bienvenida burlona de los astros que  ese día habían decidido que no tocaba jugar a ser ciclista.

Cuando la tormenta ocultaba incluso la carretera, y ya estaba empapado hasta los huesos, no pudo más que aceptar la derrota, y dar media vuelta sin conquistar la cima deseada. La saña era tal que ante la imposibiliad de descender con la mínima seguridad, entro en el primer bar que encontró abierto buscando resguardo. Atónitos, los clientes de bar le observaban sin entender por que aun después de todo, aquel arlequín con zapatos extraños mantenía intacta aquella sonrisa en la cara. 

Aquel día, completamente sucio y mojado, había perdido la batalla, pero él sabía que aquella sonrisa jamás desaparecería, porque hacía mucho tiempo que había ganado esa guerra.