Este fin de semana tuvo lugar el Tour de Connemara, mi primera (y seguramente última) marcha cicloturista del año. Con salida y llegada en Clifden el apetecible menú constaba de 140 kilómetros eminentemente llanos a lo largo de una de las regiones más bonitas y salvajes de Irlanda. 


El sábado amaneció con un tiempo completamente primaveral por lo que me animé a añadir 11 kilómetros más a la ruta al ir en bici desde el B&B hasta la línea de salida. El terreno durante esta primera parte de la marcha es absolutamente espectacular, carretera paralela a la costa, increíbles vistas y verdes prados poblados de caballos (seña de identidad de la zona) que se apresuran a saludarnos a nuestro paso. El gran pelotón inicial, cerca de 2000 participantes, se va rompiendo poco a poco en innumerables grupos en los que resulta fácil ir encontrando acomodo. Sin ninguna presión voy jugando con mis fuerzas hasta que encuentro el ritmo que más me conviene, sabedor de que apenas he pasado la marca de los 100 kilómetros en los últimos años.


Mientras disfrutamos del paisaje y vamos charlando tranquilamente del increíble tiempo que nos acompaña llegamos casi sin darnos cuenta al primer avituallamiento situado en el kilómetro 50 de la marcha. Bizcocho, fruta, demasiada comida en definitiva, aunque tumbado en el césped mientras el sol juega al escondite entre las nubes resultaba fácil perder la noción del tiempo.

Terminado el refrigerio decido retomar la marcha, sin el amparo de un grupo y con un estómago demasiado lleno noto como me cuesta volver a encontrar el ritmo y los pequeños repechos del recorrido empiezan a notarse en las piernas más de la cuenta. Por suerte para mí consigo acoplarme a un pequeño grupo que me adelanta a una velocidad aceptable y gracias a ellos pasar con relativa comodidad los siguientes 40 kilómetros, justo hasta la primera subida “larga” del día en la que me descuelgan irremediablemente, ni el ritmo es alto ni la subida exigente, pero cuando llevas mucho tiempo montando en bici aprendes a aceptar mejor las leyes de la gravedad, y si estas te dicen que te descuelgues, pues lo haces y punto.

Rápido descenso hasta el segundo avituallamiento; reponemos líquidos, un poco de fruta y listos para afrontar los últimos 50 kilómetros en los que se acumula la mayor parte del desnivel de la prueba, es decir, más peleas contra la gravedad.


Voy avanzando con calma, desarrollos facilitos, sin agobiarme por los grupos que me van adelantando, me centro en las vistas, hemos cambiado la costa por las montañas y me alegro al descubrir lo inteligentes que han sido los irlandeses llevando las carreteras solo por los valles, ¿que necesidad hay de llevarlas hacia arriba?

Pasamos por la fotogénica abadía de Kylemore, 30 kilómetros para llegar, esto se empieza a hacer largo… En mi cabeza los últimos 10 tendrán el viento a favor, así que activo la cuenta atrás hasta llegar a este punto.

Justo antes de llegar a mi imaginario objetivo aparece sin previo aviso la mayor dificultad de la jornada, un “muro” de unos 2 kilómetros de largo con rampas al 8% como máximo y sin rastro del esperado viento favorable. Pensad lo que querais, pero me costó horrores, a partir de aquí tenía que ser un paseo triunfal y no un desfile de penitentes…

Coronamos y enfilamos la cuesta abajo, pasamos ya las 5 horas de pedaleo y más de 6 desde que salí del B&B con la fresca, tengo que buscarme excusas menos cansadas para tomarme unas cervezas... Llego por fin a Clifden, Aurora y Kilian animando con una sonrisa como siempre, aunque por dentro piensen ¿por qué has tardado tanto??


La merecida cerveza llegó, con la satisfacción del deber cumplido y Connemara nos obsequió con un domingo aún más espectacular, ola de calor incluida, ideal para apurar el viaje y despedirnos ¿hasta el año que viene? Quien sabe, con un nuevo inquilino en casa la balanza cada vez está menos de mi lado...

PD: no hago mención al debutante Alberto ya que me prometió que escribiría su propia entrada con su experiencia en la distancia corta, espero que en breve la podais leer por aquí.